viernes, 19 de agosto de 2016

"Betty la fea"

Supuse que una buena forma de romper el hielo sería dándoles un breve trasfondo sobre quien soy. No hay mejor manera de conectar que compartiendo un secreto profundo (o al menos eso ha funcionado en cada novela juvenil que he leído), hay un je ne sais quoi en el contar algo que haga de desconocidos puros confidentes. Seremos íntimos sin querer o tal vez queriéndolo de una manera unilateral… Siendo yo la única que lo quiera. Justo como pasa en la mayoría de mis relaciones sentimentales. Ya pillo porque sigo soltera… Puede que esta revelación les sorprenda a muchos pero no siempre fui popular y tan cool. En realidad puede que aún no lo sea. No lo soy. Durante muchos años fui “Betty la fea” en la escuela. No, esto no es una metáfora. Literalmente me llamaban “Betty la fea”, porque usaba gafas de pasta y aparatos para arreglar mi chueca dentadura. Y por chueca quiero decir horrorosa. Tenía serios problemas odontológicos. Me enteré, no en el consultorio del especialista, sino como todo el mundo. A manos de comentarios crueles de terceros. Hello darkness my old friend. En mi caso, de mi abuelo paterno. Recuerdo perfectamente la tarde en la cual recibimos su inesperada visita. 

Verán, la relación con mi abuelo paterno es casi nula, así que cuando se apareció en casa fue una sorpresa para todos, en especial para mí ya que ni sabía quien era. Era la primera vez que veía en mi vida a ese señor. Lo que pudo haberse prestado para ser un momento hermoso a ser preservado en nuestras memorias con cariño y añoranza por el resto de nuestras vidas, fue el día de nacimiento de uno de mis primeros complejos. Mis dientes. 

Y ahora que lo pienso es un tanto paradójico, porque mi abuelo era la persona menos idónea para crearme un complejo. Veo a este señor regordete, sudado, no quiero difamar al padre de mi padre pero puede que hasta un poco picaíto, acompañado de una señora con el pelo terriblemente teñido (no mi abuela paterna, ya que desde hace mucho han estado divorciados), sonriendo como quien no sabe qué carajos estaba pasando—lo que nos volvía dos así en ese instante—. En vez de fungirnos en un abrazo estéril como es de esperarse de cualquier relación familiar novel destinada a volverse disfuncional, me observa con detenimiento y abriendo esos ojos saltones aún más (cosa que parecería imposible) con una mueca pregunta: “¿Qué le pasa a esa nena en los dientes?”. 

Auch. Directo en la fe. 

Al escucharlo miré sin moverme a todos los presentes y me sentí igual de perdida y fatal que cuando te cantan feliz cumpleaños. Esa sensación de “sé que debo hacer algo pero no sé qué exactamente, ayúdenme”. No lloré, no me enfadé, no sonreí—obviamente para no seguir espantándolo—, no hablé solo quería proseguir con mi vida. ¿Muy dramática? ¿Sí? ¿No? Lo siento. 

Tal vez tenía unos nueve años para aquel entonces y mis dientes de leche se habían caído casi en su totalidad, no obstante había uno testarudo. Siempre hay un incordio, ugh. El diente que no quería ser tomado por la hadita y hacerme feliz recibiendo un dólar o cinco si corría con suerte, por ponerlo bajo la almohada. El problema no es que estuviera ahí, el problema—y me disculpan si sueno como Arjona—es que era el diente frontal del medio, ¡uno de los estelares! Déjenme hablarles sobre ese maldito diente un poco más. Ese diente era ride or die. Siendo una bebé que apenas sabía andar sobre sus piernas, me caí de bruces pegándome justo en ese diente y no se cayó solo se puso prieto. Ay yuya. La vida te da sorpresas, el golpe en vez de aflojarlo parece que lo endureció. Díganme si eso no es profundo, los golpes de la vida te endurecen. Anyways, mi diente de no leche, —no se cómo se les llama porque no soy WebMD—comenzó a ocupar su lugar a la cañona, tal como los universitarios rompehuelgas, y siguió empujando al de leche. El de no leche no había “bajado” en su totalidad lo que en un principio me hacía verme siempre mellá. Y luego cuando “bajó”—y sueno que hablo de la regla pero no nos adelantemos—, no supe qué era peor porque una vez el nuevo diente ocupó su lugar me hizo lucir igualita a un tiburón blanco, con dos dientes frontales, uno detrás del otro. Cosa que no me hubiese molestado de haber tenido un feature en Shark Week

Puede que ahora logre comprender, ok, no. No logro comprender porqué no pudo mentir como todos los demás abuelos. ¡LO ENTIENDO! Tal vez llamarme linda era estirar mucho el chicle, pero al menos pudo decir graciosita o mire no diga . Mientras papi gagueaba, las caras de encabronás de mi madre junto con mi abuela (materna), no tenían precio. Ambas fruncieron el ceño a la vez y tensaron todo su cuerpo que leía “si me cortan lo menos que boto es sangre”, no me dieron tiempo ni de sentir lástima por mi situación cuando ya mi abuela le había dado instrucciones a mi madre de conseguirme un odontólogo lo más rápido posible. Ella costeó todos los gastos de mi boca. Mi abuelo no se enteró, pero si no hubiese sido por su brutal honestidad tal vez seguiría con braces hoy día. Por lo que respecta a esa tarde, resulta que mi abuelo y su esposa comieron en un restaurante que quedaba cerca de casa y pasaron a “saludar”. La verdad, es que su esposa se estaba haciendo del número dos. ¡Lo sé todo, Karen! No sé su verdadero nombre, pero en mi mente se veía como una Karen. Fui testigo de que el carucho que comió no le sentó para nada bien al usar el baño después de ella y casi morir en el intento. Esas cosas pasan. 

En cuanto a mi diente, fue un cabrón hasta el final. Tuvo que ser removido por un profesional, lo que se convirtió en otra linda memoria. Porque luego mami me llevó a almorzar a Burger King (solo porque no había un McDonalds cerca), y siempre ir a un fast food cuando pequeña por alguna razón es todo un evento. Ese día me habían dado recomendaciones de comer cosas ligeras como una sopa pero yo quise un Whopper, me lo merecía luego de esa sesión de dolor. Otra lección de vida aprendida, se sufre pero se goza. O simplemente la comida hace todo mejor menos llenar tus vacíos existenciales. 

Nunca supe la magnitud del “bullying” que sufría en la escuela hasta hace muy poco, muy poco siendo apenas unas semanas atrás. O sea, detengámonos por un momento y pensemos en cuán despistada se tiene que llegar ser para darse cuenta seis años más tarde de que un “bully” te estaba haciendo (aunque aparentemente no con mucho éxito) la vida de cuadritos. Guao. Pues fue exactamente como se dieron las cosas aquí. Un compañero de secundaria insistió en llamarme por teléfono. Mi ansiedad ya estaba a tope, esto puede que no suene como la cosa más extraña pero para alguien con mi neurosis, esto es pura adrenalina. No esa adrenalina que te hace lanzarte de paracaídas sino de esa que te hace querer huir de una situación de peligro donde sabes muy bien que serás la última en saltar la valla de púas, pero aún así algo más fuerte que tu sí te hace querer intentarlo solo para que aparezcan las palabras: GAME OVER. Sé que conocen de lo que les hablo. 
La realidad es que él y yo, no fuimos tan apegados en la escuela y ahora solo interactuamos por Facebook. Así que cuando me pidió hablar pensé que querría algún consejo legal, ya que actualmente soy estudiante de Derecho (aunque no lo parezca). Ya tenía mi discurso preparado de cómo no podía ayudarle ya que sería algo muy irresponsable de mi parte, pero como sí le podía recomendar a un abogado etc. Obviamente le mentí acerca de tener mi celular dañado, porque seamos francos, ya en estos tiempos son muy pocas las personas que disfrutan una conversación telefónica, o al menos yo sí puedo asegurarles que no las disfruto en lo absoluto (recuerden eso de la ansiedad), así que en un intercambio por chat me confesó como aún sentía remordimientos por los años en los cuales básicamente me odiaba y se burlaba de mí. 

Procesé aquello por un segundo y me sentí muy agradecida de que fue por escrito ya que nos ahorró el increíblemente incómodo silencio —el cual con mucha probabilidad pudo ser interrumpido por mi risa, al no creer lo que acababa de pasar—que su decisión de expiar culpas (a estas alturas) hubiese causado en persona, en teléfono o por facetime. Le dije que no pasaba nada, que estaba más que olvidado. No porque tenga síndrome de Madre Teresa de Calcuta, sino porque acá entre nos, sí estaba olvidado. La verdad ni sabía de la existencia de sus “malos tratos”. Siempre me había caído bien y de mi parte no había problemas… Creo que ver de pequeña a John Travolta viviendo en una burbuja para evitar morir a causa de los gérmenes en el ambiente me sirvió para crear la mía propia, lo único que en vez de gérmenes ignoraba el ostracismo de mis compañeros de clase hacia mí. ¡Gracias Hollywood! 

Su gesto algo extraño y muy un poco a destiempo, me hizo pensar en mi época de Betty la fea, por usar gafas, braces y sacar buena notas. Los nerds son el futuro, sufrimos pero al final valdrá la pena, o al menos eso les pasa a los nerds que abandonan sus estudios de una Ivy League. Sigo esperando mi momento à la Priscilla Chan, nada como vivir eclipsada por la sombra de tu novio billonario. 

Lo que quiero decir con todo esto es que, como toda buena película de los ochenta, en mis inicios fui una chica uncool, la diferencia es que ahora ya no me importa serlo y tengo una linda dentadura (aunque mi estrés insista en arruinarla). 

Nos leemos en un tris,
Dori
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