viernes, 30 de enero de 2015

Agridulce

Hay historias de amor que vienen disfrazadas o tal vez es que estamos tan acostumbrados a ciertas historias de amor hoy día, que desechamos las demás. Estamos acostumbrados a las que comienzan en un café (o una aplicación para el móvil), siguen con un intercambio de números  (o de perfiles de Facebook) y terminan en un final feliz (o en un efímero “acostón”). Esas que opacan aquellas que nacen de una manera diferente. En este mes del amor y la amistad que se aproxima, me parece apropiado contar la mía,  ya que apenas me di cuenta de que a pesar de lo poco ortodoxa en efecto es una. Una historia de amor. 

“Sabes que en un mundo perfecto, tú serías mi esposa”. 

Fue solo una oración lo que hizo falta para que mi pecho diera un tirón, porque muy dentro de mí, y en contra de todo lo que alguna vez dije que jamás pasaría, entendía que cada letra estaba llena de verdad. Sí lo sabía.

“Lo sé”. Fue lo único que pude responder. Ambos éramos conscientes que nuestro mundo era y es muy lejano a ser perfecto y que muy poca diferencia hace que un mismo cielo nos cobije, todo nos aleja. La distancia, el tiempo, la incertidumbre, las circunstancias, la vida. Sobretodo la vida, que a veces es cruel y te hace conocer a la persona correcta en el momento menos indicado. Inoportuno cliché. 

No fue excepcional la forma en que coincidimos. Un mundano chat para aprender y practicar idiomas. Yo, interesada en alguien que me ayudara con mi tarea de francés, quedé enganchada a esos ojos azules por alguna razón que hasta el sol de hoy desconozco. Como soy terca, juré que se trataba de un “catfish”, así que no hablé solo observé su perfil por un rato,  como buena fisgona del mundo cibernético… Hasta que me escribió, para mi desagradable sorpresa ese sitio te notifica quien anda rondando y cuantas veces te visitan (imaginarán el papelón cuando me enteré), un trágame tierra digno de la revista Tú (¿eso aún existe?). Una cosa llevó a la otra y ya estábamos en una videoconferencia. Era real pero a la vez no. Solo lo veía y lo escuchaba embelesada  en su maldito acento encantador. Recuerdo como las primeras videoconferencias eran desde su coche porque el Wi-Fi dentro de su apartamento era un asco para esas cosas, recuerdo como se quejaba del frío y cómo rápido me preguntó si sabía cocinar. Recuerdo como rió cuando le pregunté si el Ramen instantáneo contaba. Recuerdo y mientras más lo hago más feliz y triste me siento. Porque así han sido, son y serán las cosas entre los dos, agridulces. 

Ese chat no bastaba, debíamos estar más cerca así que me pidió el “WhatsApp” y yo como siempre, atrasada en eso de la tecnología le pregunté con vergüenza a qué se refería. Me explicó brevemente, no hizo falta que entrara en detalle cuando ya estábamos en interminables conversaciones por ahí. No había estado tan agradecida de contar con un teléfono inteligente como hasta ese entonces. Le sentía cerca, las cinco o seis horas de diferencia sin contar los kilómetros que nos apartaban se volvían en minucias (y eso sonó casi a la balada de Sin Bandera). Pensaba en Einstein y su teoría de la relatividad mientras reía sola al ver como a través de fotografías y vídeos me mostraba cada detalle de su rutina. Su bici para llegar a la universidad, esas calles bonitas de Le Havre (aunque él detestaba ese lugar y decía que era feo, puede y fuera porque no era oriundo de allí) y el  omelette que se preparaba para cenar. Me mostraba de su vida, su familia, su niñez. Todo era nuevo y fascinante para mí, viajaba por Francia a través de sus ojos. Imperceptible fue como empezamos a compartir tanto hasta el punto en que si no contábamos con noticias el uno del otro nos preocupábamos, nos extrañábamos. Nos acompañábamos a todas partes, inclusive en esas tardes de fines de semana dedicadas al estudio. Bendito era el “Skype” que me permitía echarle una ojeada y ver como se concentraba en los libros, él terminando la maestría, yo terminando el bachillerato. Era grato tenerle en mi pantalla de la portátil, tan grato que no notaba que esa simpleza me hacía inmensamente feliz. 

Todo iba bien, él me corregía la tarea yo intentaba convencerle de que me hablara en español y era realmente adorable. Nos inmiscuíamos cada vez más y más en la vida y pensamientos del otro, tanto que en ocasiones escribíamos lo mismo en sincronía nos decíamos un sin número de cosas, ya teníamos chistes y claves propias, nos dedicábamos demasiado. Era tan sarcástico o más que yo, no se ofendía fácilmente, teníamos en común ese humor que peca de muchas cosas y eso me ponía ridículamente contenta. Para los que estaban a mi alrededor provocaba un poco de miedo esa intensidad entre nosotros, a la cual yo era ajena. Para mí era “normal”. Estaba ciega, al final de cuentas era un hombre a quien nunca había visto en persona, sin embargo le daba de mí a manos llenas. El espectro de los sentimientos apareció y junto a él, mil y  un miedos. Yo me convencía que era algo meramente platónico, que tan solo era otro amigo más de los varios que he conocido en línea. Me lo repetía mucho con la esperanza de creérmelo. Pueden asegurar que eso no sirvió de mucho, en efecto no sirvió de nada. Así llegó San Valentín trayendo consigo un paquete a mi puerta, una copia de  Le Petit Prince.  Él no era hombre de literatura pero recuerdo como me comentó que ese era un libro al que le tenía mucho cariño, uno de sus favoritos. El libro estaba acompañado de una nota donde confesaba como amaría el poder estar conmigo. 

Ante eso no me quedó más remedio que admitir lo inevitable, yo también hubiese amado el poder estar con él. 

Ambos frenados por cuestiones evidentes, yo por el miedo más que nada, y porque francamente encontraba el estar enredada en una situación así patético al extremo, continuamos hablando. Pero luego todo se volvió doloroso, frustrante, inútil. Entre enojos de impotencia y dilemas entre razón y corazón nos apartamos mas siempre regresando a lo mismo, un mensaje. Eso bastaba para borrar la pena, era como si el tiempo no hubiese transcurrido, todas las piezas seguían ahí en su mismo lugar, todo seguía funcionando igual. Ambos seguíamos locos, consumados por un sentimiento de algo irrealizable, ambos ¿idealizándonos? Quizás. ¿Queriéndonos? Que no quepa la menor duda. 

El desespero de querer y no poder lo llevó a apartarme de su vida de agolpe, simplemente me dejó de hablar. Yo lo borré de todas las redes sociales habidas y por haber. Lo bloqueé de todo menos del “WhatsApp” porque como bien dice la canción “la esperanza dice ‘quieta, hoy quizás sí’”. Y es verdad. Me habló de nuevo, pero yo estaba enfadada así que harta solo pregunté: “¿Qué quieres de mí?”

“Tres hijos, una casa y un gato”.  Sonreí a sabiendas que era una petición imposible. Él me pedía y me ofrecía un destino. 

Esa última frase “ofrecer un destino” la escuché hoy en una telenovela, ni mandado a pedir, ¿verdad? Pero regresando al tema…

Ahora él está en Brasil viviendo su sueño, haciendo su vida. Lo último que me dijo es que está conociendo a alguien. Le pregunté si era feliz a lo que respondió: “feliz es una palabra muy grande”. 

Me dio tristeza, porque como bien solía repetir un extraordinario profesor de español que tuve, “el romántico enamorado es el mayor egoísta” y yo quiero que sea feliz. Con él aprendí que la felicidad del otro puede significar la propia aunque eso resulte en tener que renunciar a ser parte de ella. Lo que es agridulce, como han sido, son y serán las cosas entre los dos. 

Nos leemos en un tris,
Dori dori 




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