martes, 27 de octubre de 2015

Caroliiinaaa

Soy carolinense. Ahí está, lo dije. Vengo de Carolina, cuna de próceres como Julia de Burgos, Roberto Clemente y El Molusco. Carolina mejor conocida como Cacolina (Cacolandia también es aceptable) o como uno que otro turista lee por ahí “Tierra de Gigantes” desconociendo que por gigantes sabemos que se refieren a los grandes del género, nuestro símbolo patrio, el reggaetón. Zion y Lennox (antes de separarse… y volver), Héctor “El Father” (antes de ser pastor y exorcista), Tito “El Bambino” (antes de ser “El Patrón”), Julio Voltio (antes de ser cristiano), Eddie Dee (antes de estar apagao’) etc. ¿Quiénes más?  ¿Beldá? 



Ser de Carolina es cosa seria, no sabía cuan seria hasta que entré a la universidad. ¡Ah, el bachillerato! Tiempos memorables donde se aprenden destrezas vitales  como fumar (aunque sea pasivamente), los uno y mil usos del parking, andar con un taser por todas partes,  que un libro te puede costar un riñón y que ser de Carolina es el equivalente al familiar bochornoso que nadie quiere invitar a las fiestas de navidad. La primera vez que respondí de donde soy lo hice con la candidez de quien es inocente del prejuicio ya luego lo hacía a regañadientes. “Pero tú no pareces de Caroliiinaaa”. ¿A que cantaron eso último? 

Todo apunta que yo no soy la “típica” carolinense, porque resulta que sé bien como disfrazar la yal que hay en mí. Pronuncio mis erres (la mayor parte del tiempo), no voy pa’ plaza en Dubi, mi concepción de la moda no se reduce en usar  stilettos Jordan con Burbu Jeans y no me autodenomino una guerrera que se hace fuerte gracias a tu envidia. Tampoco me encuentras en Facebook bajo el seudónimo,  Titerita de Kendo Kaponi 4eveL. 

Carolina es la meca del reggaetón, de los cacos y las yales, del perreo intenso y Dembow. Coño, eso me quedó casi tan hermoso como el  Amanecer Borincano

Nuestro pueblo es grande, agitado e intenso. Intenso es un eufemismo para agresivo, no por nada nos llamaban los tumba brazos. Momento Boricuazo: eso debido a que en tiempos antiguos las disputas solían resolverse a machetazos… Sin embargo hemos evolucionado y la tecnología nos ha tocado como a todos, sustituimos machetes por revólveres. ¡Plaka, plaka!  No somos unos salvajes incivilizados, hello!  Ser de Carolina te guste o no te otorga estatus automático de jaquetón y maleante, así que  ten cuidao’ papeh; que aquí no hay miedo, lo dejamo’ en la gabeta… Puedo poner mis manos en el fuego y decir que en ningún otro pueblo de mi hermosa isla del encanto (a la mierda lo de la “isla estrella”) venden dulces de repostería sobre ruedas mientras resuena en una tumba cocos el jingle que envuelve a combos de sicarios y caseríos. Vamos, que si no has comido Donas de Homero: El Rey de los Quesitos de Carolina, (la rellena de queso es la HOSTIA) ¡no eres de Carolina na’! Eres una vergüenza, eso sí. Nuestra reputación violenta, no es necesariamente mala del todo, te ahorra trabajo. “No te metas con Zutana o Mengano, es de Carolina” es una frase común que en ocasiones facilita las cosas. Hay que aprender a cargar con el estigma y sacarle partido. 

Carolina es para Puerto Rico como el Medellín para Colombia, el Sinaloa para México, el… Bueno, ustedes me entienden. 

Y eso también les aplica a los de Isla Verde. No se salvan. Siguen siendo parte de Carolina aunque les cueste reconocerlo, no son San Juan ni otro pueblo, cabrones. Ay, mala mía se me sale lo  cafre. ¡No se le pueden pedir peras al olmo! 

Para conocer la idiosincrasia de Carolina y sus pintorescos habitantes hace falta ser street-smart, abrir la mente y ver como algo perfectamente normal que cacos anden con carros que tienen mensajes llamativos, por ejemplo: “Sí, sí, ya sé, licencia y registro”, porque así es la vida del hombre  carolinense. Temerario hasta la médula. En cuanto a la mujer carolinense, en general, nosotras las gatas, tenemos  sendo piquete porque somos demasiado  flow. Esto no es verborrea, que no hace falta la pauta, la montamos porque estamos ready,  te lo digo de  cora

En resumen, Carolina es una joya de Puerto Rico y debe ser atesorada ya que, bueno pues… Tiene el aeropuerto internacional. 

Nos leemos en un tris,
Dori dori


P.D.  ESTO ES SÁTIRA. 

viernes, 11 de septiembre de 2015

It's going down, I'm yelling TINDER

Antes que nada… ¿Vieron lo que hice con el título? Que vergüenza, pero de vez en cuando casi siempre después de cantidades reprochables de alcohol Pitbull la monta. Ahora a lo que vinimos. 

Halloween está a la vuelta de la esquina y tal parece que he querido adelantarme sacando los esqueletos del armario y por armario me refiero a  Tinder.  Sí, yo recurrí   a Tinder  en una etapa oscura de mi vida donde estaba desesperada por escapar de una relación virtual a distancia, por lo que salir con completos extraños de carne y hueso me pareció la alternativa adecuada. Lo sé, mi raciocinio es de diez. Ya tenía ideas pre-concebidas sobre esta app  todas básicamente iban por la misma línea, gente desesperada en busca de  one-night stands  (y ningún Sam Smith) sin embargo de todas formas me aventuré a bajarla y crear un perfil. Porque ya saben… (remitirse al comentario sobre mi raciocinio).  No mentiré, la verdad es que fueron muy pocos los que lograron obtener de mí un  swipe right  (así que siéntanse jodidamente especiales cab…alleros) y si salí con un par de los match en la vida real fue mucho. Pero solo eso bastó para cerrar dicha cuenta y no mirar atrás, aunque eso sea justamente lo que esté haciendo ahora. Digamos que ya superé el sinsabor que me dejó y me puedo reír de ello. Esto es algo terapéutico casi catártico. Acompáñenme al nirvana. 

Luego de descartar aburrida más de los gastados perfiles de hombres en catamaranes, hombres pescando, hombres en grupo (sabemos que lo hacen para confundirnos y pensar que eres el amigo guapo) y hombres en cualquier otra actividad casi siempre de índole marítima, gringos de vacaciones, el caco  que piensa está en Hot or Not,  di con uno que otro perfil que llamó mi atención. Para la época tenía una tendencia a encantarme con los que presumían una apariencia media  artsy, tenían una  bio  sin errores ortográficos, lucían de llano pertenecientes a la secta “hipsteriana” o tenían una mascota adorable. 

Las citas que obtuve debido a Tinder fueron una experiencia de aprendizaje más que otra cosa. ¿Cómo se llega a ser un sensei  de evadir  creeps  sin práctica? ¿Acaso escucho un “¡amén!”? Tengo anécdotas incómodas, graciosas y algo aterradoras. Recuerdo que conocí personajes memorables como el que me decía que yo poseía el fenotipo perfecto que estaba buscando (sí, leyeron bien, fenotipo… Era científico, ¿ok?), otro que fingía ser rico los fines de semana tomándose  selfies  en dealers  de autos lujosos y uno con el que tuve una pseudo-relación. Siendo este último el más notable ya que me regaló la mejor primera cita que hasta ahora he tenido, pena que luego resultara ser un casi treintón que me dejaría tirada en medio de un concierto porque tenía cosas más importantes que hacer como ponerse  high  con sus amigos. Ni modo, nadie es perfecto y a la larga lo conocí por  Tinder, ¿qué diablos estaba esperando?

Vamos a la moraleja de todo esto:  Tinder  puede volverse adictivo y pasar de ser cómico a simplemente aterrador. 

No estoy inventando,  Tinder está plagado de locos. Así que precaución. 

Yo no recomiendo usarlo si esperas hallar al “príncipe azul” puede que halles al “príncipe del herpes” tho. Como nadie aprende por cabeza ajena mi recomendación es de antemano hacerse a la idea de que al igual que muchos  millennials  son pocos los usuarios que están ahí en busca de algo serio (aunque tengan el disclaimerno hook ups”), todo es bastante casual. Te toparás con muchos que solo quieren una noche loca à la Enrique Iglesias y con otros que puede anden en busca de experiencias más significativas pero con la mentalidad de mantener las opciones siempre abiertas. O sea, no esperes a que luego de varias citas y sentirte por las nubes cierren su cuenta por ti.  ¡Hay miles de peces allá afuera, lo que pides es imposible!!! Hello, mira mis fotos en Gilligan’s. ¡Necesitan ser vistas!!!  Así que tómalo como un pasatiempo, una buena forma de conocer lo que hay en la calle (y espantarse, ¡mentira!...O tal vez no.). Si eres como yo y de por sí cuentas con un imán para atraer a los  losers, hazme caso en esto y: ¡ALÉJATE DE TINDER !!! Porque para un adicto a los perdedores  Tinder  es pura heroína. 

Después no se quejen. 

Les advierte con cariño,
Dorimar

jueves, 10 de septiembre de 2015

Impartiendo sabiduría: cómo no embarrar un "date"

Últimamente me he sentido algo altruista y es por ello que he decidido hoy compartir mi sabiduría en cómo no embarrar un date de gratis, para todos mis guapos macharranes, caballeros, lumbersexuales, entrepreneurs millennials  porque en la viña del posmodernismo estos especímenes son lo mas que abunda. Y a quién no le gusta eso, right ? ¡Chicas, andamos de suerte! Chicos, atentos. Tomen nota (luego me lo agradecerán).




1. Primero lo primero. La logística. Ya sea por un  match  en Tinder  o porque le insististe a su mejor amigo que te la presentara si das el primer paso, stick to it. Ya surtió efecto la habladera por Whatsapp, ahora es cuadrar el encuentro. Muestra iniciativa, sugiere algo concreto ya sea salir a cenar (a diferencia de lo que muchos creen a las mujeres nos encanta comer) o ir de copas... Casi todo es válido (hasta ver desnudistas) después que muestres confianza y esfuerzo en pensar en alguna actividad. BONO: si te ofreces a recogerla. Créeme eso suma muchos puntos, muchos. Da la milla extra, literal. Esconde a “Papo Comodidad” en esta pre-etapa.

2. No seas mezquino. Y cuando digo mezquino me refiero en todo el sentido de la palabra. No es malo dividir la cuenta lo que es malo es hacerla sentir que “tienen” que dividir la cuenta. No es lo mismo ni se escribe igual. Dejémonos de paños tibios el dating game  es una inversión y para invertir hay que tener con qué. Eso lo aprendí de un baterista frustrado y viejillo (un poquito desajustado también) con el que salí fugazmente, estoy segura que si leyera esto estaría orgulloso de lo mucho que ha aprendido la pequeña saltamontes. Resumen: si luces como un tacaño no tendrás break.

3. Un cumplido abre puertas (juro que ese innuendo no fue adrede). Y por puertas, interprételo como mejor le parezca. Ese look au naturel o ese smokey eye  intenso no se hace solo. Ese outfit, balance perfecto entre “sexy  pero no slutty”, “arreglada pero no tan arreglada” fue meticulosamente seleccionado para su disfrute también, aunque las feministas me caigan arriba saben que en el fondo tengo un chin de razón. Así que lo menos que puedes hacer es pronunciar un “te ves bien”. Simple, al grano y sin mucho adorno. BONO: reemplazar el “te ves bien” por un “wow”.  Hace maravillas, confía.

4. No hagas de la conversación un  fucking  monólogo. Entendemos, puede que estés nervioso, puede que quieras impresionarnos con toooodas las cosas que haces y lo bueno que eres haciéndolas pero cuando te vuelves en un Kanye, es momento de decir next  para nosotras. No te dejes engañar porque asentamos y ponemos cara de “por favor sígueme contando es tan interesante”. Parlotea pero escucha también o al menos inténtalo. 

5. Busca el término medio entre ser “Touchy-Feely” y tener la misma calidez de un pez muerto. Esto es más una cuestión de feeling, pero no vayas por el beso, el roce si no ves carte blanche  de su parte, ahora bien si captas con su lenguaje corporal que tienes más que luz verde sigue el lema de Nike  y just do it. No hace falta que te lo dibuje con manzanitas. 

Peace Out y buena suerte,
Dorimar


miércoles, 9 de septiembre de 2015

Célibe del "dating", a la francesa

Si hay algo que siempre me ayuda a mantener la cordura luego de episodios erráticos con personajes de cuento del mundo real, es escribir. Como  millennial  soltera de 23 años (tengo que decir la edad mientras pueda) he recopilado un buen cúmulo de anécdotas dignas de “Cosmopolitan” que merecen ser compartidas. Mis amigos siempre me han alentado a escribir un libro con mis experiencias cuando escuchan atónitos las peripecias en las que me he liado con todo este rollo de salir, ligar e intentar encontrar a alguien “normal” (noten como cada vez bajo más de categoría, antes era alguien “decente” ya voy por “normal”), con quien aspirar tener una “relación sentimental” en estos tiempos postmodernos. 

Una vez me compararon con Carrie Bradshaw y la verdad es que no supe porqué. Yo no era fan de la serie Sexo en Nueva York porque siempre he sido renuente de seguir las cosas con mucho  hype (culpen a mi naturaleza “hipster” o lo que sea). No obstante al hacerlo pude agarrar rápidamente una que otra similitud, la más clara: nuestras vidas “amorosas” son un desastre. Lo desconsolador para mí es que a diferencia de Carrie, mi vida no es ficción. No tengo a un Mr. Big que me prometa un enorme armario de ropa (o sí pero por ahora vive al otro lado del mundo, toda otra historia muy complicada). 

La cuestión es que uno se torna en esa clase de chica. Me explico, la chica que todo el mundo se pregunta cómo es que anda soltera, la chica a la que le quieren encontrar pareja, la chica que ha recurrido a apps, que ha recurrido a blind dates, ya saben… “Esa chica”.  Y para alguien que detesta toda esta cultura del  Hook Up  y cero cortejo ser “la chica” puede ser extenuante. A veces las dudas se apoderan y es normal hallarse reflexionando en que tal vez es algo que habita tu ADN, tal vez es un tipo de feromona que te hace intrínsecamente mala al momento de elegir con quien salir o tal vez  somos un mal necesario para mantener el balance cósmico. (O en mi caso me lo tengo merecido por todos a los que he confinado en el  friendzone). Sea lo que sea he decidido que por ahora no me interesa “conocer” a nadie. Necesito vacaciones de todas estas dinámicas del mundo del  dating que me tienen hasta la coronilla. 

Mija’ pero… ¿Dónde consigues a estos “nenes”?  Una amiga preguntaba mientras me sugería que considerara seriamente volverme una monja de claustro, muy a la Sor Juana, porque ¿quién necesita vocación cuando se tiene tan paupérrimo juicio al buscar hombres? Si una buena dosis de hombres necios no es suficiente para motivarte a una vida mística, no se que lo será.  No obstante, mientras encuentro un buen convento con un jardín agradable que pueda contemplar desde mi celda, les hablaré de qué aprendí de mi más recién experiencia. Lucubrar (estaba ansiosa por usar esa palabra), sobre qué pasó me hizo descubrir qué cosas quiero a estas alturas del partido, ya creo saber porque la Swift adora escribir sobre sus exparejas y  dates, me tomó tiempo entenderlo pero todo esto de la miseria busca compañía da una cálida sensación de confort (pena que no todas nos hagamos millonarias en el camino). Puede y hasta compartan mi sentir.

He pensado que mucho de lo que me sucede me lo busco porque sencillamente no soy una chica que se ande por las ramas y eso en la mayoría de los casos es mal visto (es tan intimidante). Verán, culpo a la televisión estadounidense de cable y a la costumbre puertorriqueña de copiar todo lo que los gringos hacen, como los grandes causantes de este berenjenal que compone la cultura actual del dating. Yo me distingo por tratar todo esto de “conocer a alguien” más a la francesa. ¿Cómo así? Pues un gran amigo francés horrorizado con mis historias y mis “fracasos” amorosos me explicó como en Francia la cultura del  dating  es casi inexistente (aunque ahora ha tenido algo de auge gracias al maldito  Tinder, tema que luego tocaré en el blog). En Francia por lo general cuando dos personas se gustan, coquetean, salen, se besan, tocan, tienen intimidad etc. se sobreentiende la exclusividad. No hace falta la charlita del “¿Qué somos?” y la clásica “¿Podemos seguir viendo a otras personas?”, porque se da de forma orgánica, es intrínseco entre dos personas que comparten de esa manera el pensar que están juntos en un plano romántico. Mi amigo, rotundo me decía: “yo no beso en los labios ni tomo de la mano a mis amigas, una vez hago eso dejan de ser amigas para mí como para los demás”. Eso fue un choque y ciertamente algo refrescante porque me sentí identificada ya que considero que hace las cosas mucho más simples. 

Pero lamentablemente no estoy en Francia, aquí todo esto es mucho más complicado y lo que he ido aprendiendo es lo siguiente, la exclusividad es materia sensible, quien más muestra interés en la otra persona es quien lleva las de perder y todo el mundo es descartable con tan solo deslizar la pantalla del móvil. Hay muuuuuuuuchas pre-etapas confusas y altamente elaboradas pero sobretodo es necesario recordar que la definición de “jevos” es de graaaaaan flexibilidad y para las chicas (o chicos, no perdamos la fe) que gustan de saber el terreno que pisan se volverá una verdadera odisea descifrar el  boricuazo “¿qué es la que hay?”. 

He conocido amigas que luego de salir durante meses con alguien están todas afligidas y llenas de dudas. No tienen ni idea de qué está pasando, no se atreven a “whatssapearlo” porque lucirán  clingy, no se atreven a preguntar que hacía anoche cuando la dejó en  seen  porque “somos algo pero no somos algo-algo”, al estar con las amistades evitan el proceso de la introducción incómoda y se van a la “segura” con “Hola, este es Mengano”. Sí, solo Mengano. No Mengano el novio porque no es el novio (¡Dios te libre de usar esa palabra! Aunque lleven casi un embarazo saliendo) y no Mengano el amigo porque, vaya, que no es amigo. ¿Cuál es el  big deal  si lo de ahora es no poner  labels ? (Sientan todo el peso del sarcasmo). Así que este es Mengano el… “jevo”.

Pero… ¿Qué carajos es un jevo(a)? Pienso que es de esas preguntas sin respuesta, un acertijo de metafísica… Hasta el sol de hoy cada persona que me ha intentado responder me ha dicho una mierda diferente que ni ellos mismos entienden. Conozco de quienes han sido “jevos” durante huelemil años y de “novios” no han durado ni un mes… Fuck that shit!  (En el sentido NO divertido). 

Mi humilde opinión es la siguiente, si usted está en medio proceso de “conocer” a alguien y se topa en más de una ocasión preguntándose si esa persona tiene interés o no en usted, ha dado con la respuesta. Probablemente no lo tenga. Me ha pasado, he estado ahí. Empiezas a charlar con alguien, por charlar me refiero en un 90% a intercambiar “textos” porque duh, ¿quién llama hoy en día anyways? Y de momento el frenesí de querer saber hasta el más ínfimo detalle de esa persona disminuye sustancialmente y comienza a ser reemplazado por las excusas. La última cita media desastrosa que tuve fue interesante porque hasta ahora no habían usado la carta de “estaba cansando”. No muy creativo pero bueno, cada cual se zafa como puede. (Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra). 

A mí no me gusta eso de sugarcoat  las cositas así que a la primera que sienta eso el prospecto queda descartado y lo digo con todas las letras, “Oye tú y yo como panas seremos excelentes. ¡Cuídate!” o algo por esa línea (ahora como que me encaja el porqué sigo sola, solita, sola… ¡En fin!). El tiempo es valioso y me enerva emplear mi energía en algo que siento no fluye, ni tiene chispa. ¡Ajá, quiero la chispa, la complicidad, el deseo, la admiración y que me vea como la jodida octava maravilla! Y le digo algo si usted concuerda con lo que digo, desde ahora quiero que sepa que usted NO merece menos que eso.

Le aconsejo (no sé cómo me atrevo a dar consejos pero whatever) que si de “conocer” a alguien se trata hágalo porque genuinamente le place y que a la primera que eso cambie reconózcalo y ponga los puntos sobre las íes. Lo extraordinario llegará, no se conforme con menos (y de no ser así siempre existe la opción de adoptar un gato).  

Bisous, 
Dorimar

sábado, 27 de junio de 2015

Glamour: Centro Judicial Edition

Hablaré un poco sobre lo que ha estado aconteciendo en lo que va del verano desde que empecé un internado haciendo oficios legales y lo puedo escribir sin comillas porque no me mandan a comprar café y buscar almuerzo, me ponen a redactar opiniones legales, hacer investigaciones jurídicas,  revisar contratos etc. No mentiré, a veces me impresiona la confianza que depositan en mí o el grado de desespero que tienen en ver el trabajo hecho, sea lo que sea no me quejo porque la verdad he aprendido bastante.

No obstante… Aún no veo mi futuro ejerciendo como abogada, ni me veo ahora como una casi-abogada tan siquiera, lo sé, estoy un poco tarde en abordar ese tren sin embargo ese tema lo dejaré para otra entrada porque hoy toca desmitificar un poco el “glamour” de la profesión. Es más divertido que mi crisis vocacional… Eso que leen es mi ansiedad disfrazada de humor… ¡JÁ!

¡En fin! Puede que el trabajar para el sector público y no en un gran bufete me haga más consciente de que el “glamour” que rodea la profesión es puro cuento o al menos la excepción a la regla. No quiero romperle los corazones a muchos casi-abogados(as) que conozco que imaginan que todo trata de representar a grandes multinacionales, celebridades o ilustres que figuran como una amenaza a la democracia… No amigos(as) míos, no todos(as) están en oficinas con lozas de mármol y acuden a fiestas temáticas entre colegas. Fuera de broma, por favor, ¿alguien que me explique eso? ¿Qué celebran? Y más importante aún… ¡¿Por qué lo celebran disfrazados de  Luau  mientras usan  business attire  al mismo tiempo?! Tengo tantas preguntas…

Pero de veras, no hay manera más eficaz de darte cuenta que Suits  es solo una serie de TV que pisando un tribunal borincano #tropical

Y antes de que salgan los incordios(as) y me empiecen a tildar de una ristra de adjetivos discriminatorios o mentarme la madre, advierto que esto es solo un artículo (si es que se le puede llamar así) con la intención de entretener más que otra cosa, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Así que si están buscando algo políticamente correcto desde ahora les digo: aquí no es probable que lo encuentren. 

Bravo para los(as) que me siguen leyendo. Como diría el prócer Durant:  “You The Real MVP.”

La primera vez que fui a un tribunal recuerdo que tuve una sensación  déjà vu . Fue como recordar esa fatídica noche cuando encontré a papi en calzoncillos acomodando los regalos bajo el árbol de navidad. La muerte de una ilusión.

El tribunal es un lugar deprimente. Ahí está, lo dije. No culpo a todos(as) esos(as) abogado(as) que odian tener que acudir al tribunal,  los llevo

Ahora ya no me choca tanto la pesadez del ambiente, las caras largas de la gente y la mala iluminación (lo he visitado tres veces, sé lo que digo). Pero al principio no evité pensar que como casi todo, las películas lo hacen lucir como un lugar mucho mejor. 

Ir al tribunal es más o menos así: Entro y paso por el detector de metales y la guardia palito me hace una mueca de sonrisa (o tal vez un tic nervioso) y con un ademán de cabeza me indica que ponga mis tereques sobre la mesa para que los revise, me pregunto si su mudez es una discapacidad real o provocada por el aborrecimiento. Después de magullar mis cosas y comprobar que no cargo con ninguna arma letal prosigo, siendo la cola del licenciado que me ha cobijado como su aprendiz en estos días, y mientras me habla de las reglas de evidencia interrumpe para saludar a cuanto(a) abogado(a) se cruza por el frente. Lamentablemente, su alegría no es contagiosa y muchos le contestan el gesto con sonrisa de estreñido(a). En silencio sonrío al ser introducida (sacando la  miss  interior en mí) y al ver sus caras voy jugando en mi cabeza: “¿Adivina quien es el  cabronazo(za) ? Porque les digo que la pinta los(as) delata, tienen ese aire petulante lo que me hace comprender que lo que se ve en la Escuela es una  nena de teta  en comparación a lo que uno se topa en el  verdadero  mambo

Seguimos caminando hacia el elevador, y noto un gran número de mujeres solas, algunas acompañadas por niños(as) y llego a la conclusión de que las mujeres que frecuentan el centro judicial se pueden dividir en dos categorías: las que tienen las cejas tatuadas y las que no. Ley. Lo que me da nostalgia de mi dulce hogar Carolina y entonces me nacen las dudas, entre ellas, cómo será para algunos(as) de mis futuros(as) colegas lidiar con lo que para muchos(as) abogados(as) o al menos para los que trabajo es el pan nuestro de cada día… Un mar de  Ninoshkas  y  Yandeles  sedientos(as) por justicia capaces de ir a toas… ¡Ay el  estrógol! Me temo que no hay un libro mágico sobre la criminalización de la pobreza que te prepare completamente  pá  eso.  

Finalmente, llegamos al elevador y siento como algunos(as) se me quedan observando, copio la mueca de la guardia palito porque ya el hambre me está atacando y a la miss de hace un rato se le hace difícil disimular cuando quiere comer. Ya dentro del elevador, me reservo la risa que me provoca el mirar todo aquello, los abogados(as) entre chiste y chiste, como quien no quiere la cosa son bien mala leche los unos(as) con los otros(as). Es como si adoptaran un personaje de quien es el más j odedor-conmigo-no-hay-quien-pueda.

El tribunal al igual que la vida misma, no está exento de gastados clichés. 

Sigo por los pasillos y veo algunos cliques frente a las puertas a pesar del letrero que dice: “Favor de mantener los pasillos despejados”. Insurrectos. Ya sentada en sala me fijo que hasta ese momento no he conseguido dar con un(a) alguacil buena gente. Los(as) que he conocido son bastante antipáticos(as), ni que fueran guardaespaldas del mismísimo Obama. Tienen un andar medio jaquetón y una postura media  inflá , me explico (o al menos haré el intento), caminan con el pecho por fuera y las nalgas  apretás . Suena loco (o a una mala descripción de un fisiculturista), pero no les miento. Compruébenlo algún día por ustedes mismos.  Esperamos al demandado, del cual solo sabía que era viejo. Por lo que ya estábamos en desventaja,  le cogen pena a los viejos , era lo que escuchaba y a eso le sumamos que era un licenciado,  un zorro viejo . Qué triste, la vejez en mi país solo es buena cuando de ganar pleitos se trata… 

Y ahí fue cuando presencié el milagro. Gente, los milagros existen. Porque no había duda que esos ciento cinco años que entraron por esa puerta eran un milagro, merecedor de aparecer en Primer Impacto (¿ese programa aún existe?). Al verlo no contuve el abrir los ojos como platos,  si a este don le da un yeyo aquí, esto se jodió … En ese instante creí en el espíritu santo, era lo único que explicaba que esa pasita ambulante pudiera arrastrar aquel bulto de ruedas. Luego de lo que pareció una eternidad, acomodó sus pertenencias, sacó sus papeles y tomó su lugar. Miré a mi licenciado (no es que sea mío pero me entienden) y ambos dijimos sin hablar: “Pero… ¿Esto es en serio? Olvídate.”  

Sin conocerle le agarré pena, lo tenía  arreguindao  del corazón, el pobre temblaba, era medio sordo y apenas podía sostenerse de pie… Pero eso no duró por mucho tiempo. No hizo más que la jueza llegar y el don se transformó más rápido que un  Gremlin  al tocar agua (si no captas esta referencia eres muy joven para leer este blog). Empezó a despotricar con tanto agite que me hizo barrer el sitio buscando un desfibrilador por si acaso… La jueza, quien dicho sea de paso era casi gemela de Gricel Mamery, entre su asombro e impaciencia le dio la razón, dando la impresión de querer quitárselo de encima y así nuestra pobre defendida, una empleada doméstica dominicana luego de prestar sus servicios por casi dos años se ve fue con las manos vacías sin ganar un solo céntimo por su trabajo. 

Esa visita al tribunal fue desmoralizadora, es cierto que bien uno tiene que ir con dos sacos siempre, el de ganar y el de perder mas es como tragar un gran buche de mierda. El don avaro que no hizo más que humillar con sus prejuicios y mente clasista, que hizo de aquella vista un circo, que irrespetó el orden de la sala, que se pasó el protocolo por donde no le da el sol, ganó el caso  solo por viejo. 

No bastó con eso tuvimos que aguantar su bailecito feliz al salir, (ahí se le fueron todos los achaques) se nos acercó y dijo “¡no me ganaron!” traducido a un:  In your face bitches!,  les juro que faltaba el lero, lero  para cerrar con broche de oro. Le pedí a los cielos que se apiadaran de mi alma por todos los pensamientos impuros que surgieron en mi mente tan solo en una fracción de segundo, entre ellos ponerle el pie cuando entró al elevador… Perdón. Sé que eso no se hace… Luego vi como mi licenciado se echó a reír y me permití hacer lo mismo… Porque qué rayos, no todos los días eres  humillado(a) por un viejo de ciento cinco años.

Al salir, nos preguntó a mi amiga, con quien también hago el internado y a mí qué nos pareció. Mi amiga quien aun fantasea con la versión romántica de justicia estaba indignada, yo, honestamente, no tanto. Luego comprendí que no ganó solo por viejo… El don era viejo pero con chavos y un licenciado… No hay que ser un as para imaginar otro final al que aconteció.  Luego nos preguntó que cosa importante aprendimos y sin más solté:

“Si eres empleada doméstica en este país de por sí estás  fastidiá… pero si eres empleada doméstica y dominicana en este país, estás sencillamente jodía”. 

“Eres brillante…” me dijo sin chistar.

Y así culminó aquella visita al tribunal y así me di cuenta que el “glamour” de la profesión solo es fachada… Hay que tener el cuero duro mi gente, hay que tener el cuero duro.

Nos leemos en un tris,
Dori dori


miércoles, 4 de febrero de 2015

Las 5 realidades que debes saber antes de involucrarte sentimentalmente con un(a) estudiante de derecho

Hoy varias amistades me “taguearon” (creo que la RAE debería reconocer esa palabra de una vez y por todas) en un artículo que anda rondando Facebook, titulado: 21 realidades que debes saber antes de ingresar a la Escuela de Derecho. Vine a obtener esos tips un poco tarde porque ya soy estudiante de derecho, (sí, aunque no lo parezca, lo sé) sin embargo eso me inspiró a explotar un poquito más este mes del amor y la amistad (la parte de amistad creo que la añaden para que los que estamos más solos que *insertar ocurrencia graciosa*, nos sintamos menos mal), escribiendo las 5 realidades que debes saber antes de involucrarte sentimentalmente con un estudiante de derecho. Cinco, porque 21… Ain’t nobody got time for that.  Sálvense hijos míos o corran el riesgo, después no digan que no les advertí. 

Aquí vamos:

1. Tiempo. Es muy probable que hayas conocido a tu súper encantador(a) estudiante de derecho en vacaciones ya sean de invierno o verano o mientras procrastinaba en "Tinder"… Sea como sea, muy pronto te darás cuenta que el estudiante de derecho cuenta con dos personalidades. No es lo mismo cuando no  tiene que asistir a clases que cuando sí. 

No te tomes personal cuando te diga que no te puede ver entre semana porque tiene que leer y estudiar, inclusive habrán fines de semana en que pasará lo mismo. No es su culpa, ni la tuya. Culpa a los profesores que creen que no tenemos vida más allá que descifrar casos y opiniones de jueces que a veces dan la impresión de ser escritores frustrados.

Quien salga con un estudiante de derecho debe hacerse de lleno a la idea de que muchas veces tendrá a una pareja ausente por motivos ajenos a su voluntad. Primero, segundo y tercero serán nuestros estudios, la cantidad de trabajo no da opción para más. Así que agradece ese mensaje de "Whatsapp", esa llamada de diez minutos, aunque no lo parezca esa es nuestra manera de decir: “me importas”. “Me estoy ahogando en un mar de papeles, pero pienso en ti.” So please, don’t be a bitch.

2. Paciencia. En conjunto con comprensión. Y cuando digo compresión es a niveles casi infinitos. Los estudiantes de derecho tenemos una presión abrumadora encima lo que nos hace ser sumamente egoístas en ocasiones, viéndonos fríos. No habrán problemas más allá de “No he podido dormir en semanas”, “Ese profesor(a) es hijo del mismísimo Lucifer”, “¡Ojalá ‘tire curva’!”, “¡FINALES!”. Así que todo lo que no esté relacionado a eso nos parecerá trivial e insignificante, por lo que puede que al escuchar tus quejas sonemos condescendientes, hiriendo tus sentimientos. ¡No es nuestra intención!

Tal vez exagere cuando te pida la compasión de un santo(a) pero créeme, si empiezas a involucrarte con uno(a) de nuestra especie, esta petición te hará sentido. Pero por el lado positivo si eres paciente durante estos (por lo general) tres años es muy probable que puedas con lo que sea. Serás inmortal, no hay duda.

3. Discusiones. Ok. Este aspecto tiene varios factores a tomar en cuenta. No porque seamos estudiantes de derecho significa que nos fascine estar en un careo eterno. Tampoco que seamos buscapleitos. Al estudiante de derecho se le adoctrina a cuestionarlo todo, a ver el marco más amplio y muchas veces a pensar en el peor escenario. Es inevitable en ocasiones que esta nueva forma de analizar y comprender el mundo, se refleje en nuestras relaciones interpersonales lo que para alguien que no estudia lo mismo puede ser un gran “What the hell?”.  El método socrático ha arruinado parte de nuestros cerebros, ¿ok? Así que es algo natural que lo que para ti sea una discusión y para nosotros una “simple plática donde tú estás errado(a) y te explicaré amablemente porqué”, respondamos a tus reclamos y preguntas pues… con más preguntas. Lo que será confuso y sin darte cuenta habrás caído en un interminable intercambio de palabras culminado con tu firma en un contrato donde renuncias a estar en lo correcto, para siempre. 

Repito, no lo tomes personal. Muchas veces para un(a) estudiante de derecho es pura diversión por lo que ni cuenta se dará que en efecto estaban discutiendo. Debes ser claro siempre con tus términos y condiciones o si no estarás frito(a). 

4. Humor. Si eres muy sensible te recomiendo que reevalúes entonces si estar junto a un(a) estudiante de derecho es lo más sabio para ti. Es muy probable que tu terroncito de azúcar te comente –como si del mejor chiste del mundo se tratara– que leyó un caso de torts jodidamente gracioso, dónde una anciana de ochenta años se resbaló en una escalera, dislocándose la cadera. Los estudiantes de derecho están habituados a leer sobre las cosas más morbosas, horrorosas e inadecuadas a veces. Es posible que su sentido del humor sea una capa de negro aún no descubierta con un toque de cinismo, por lo que en estos casos debes recordar el punto #2.

5. Reputación. Largo fueron los días de “I don’t give a damn ‘bout my bad reputation” ... Lamentablemente los que estudiamos derecho NO nos podemos dar el lujo de asociarnos con personas que disfrutan de actividades digamos, “poco bien vistas”. Tenemos todo un rollo de ética y moralidad que aunque suene paradójico, ya que no es un secreto que muchos profesionales jurídicos son recurrentes a cargar con diversas malsanas adicciones, (no lo invento yo, hay estudios con estadísticas y esas madres, busquen) pues nos propulsan a que seamos el aguafiestas cuando de “vivir al límite” se trate. Aparte que ya estamos en escuela graduada, somos ambiciosos, conocemos que nos podría pasar y tirar tanto sacrificio a la borda, sencillamente NO es una opción. 

Obviamente estos tips  están plagados de humor como casi todo lo que hay en este blog, así que hago la aclaración que no son para ser tomados en serio o puede que sí, no sé. Salgan con un(a) estudiante de derecho y compruébenlo ustedes mismos.

Nos leemos en un tris,
Dori dori


viernes, 30 de enero de 2015

Agridulce

Hay historias de amor que vienen disfrazadas o tal vez es que estamos tan acostumbrados a ciertas historias de amor hoy día, que desechamos las demás. Estamos acostumbrados a las que comienzan en un café (o una aplicación para el móvil), siguen con un intercambio de números  (o de perfiles de Facebook) y terminan en un final feliz (o en un efímero “acostón”). Esas que opacan aquellas que nacen de una manera diferente. En este mes del amor y la amistad que se aproxima, me parece apropiado contar la mía,  ya que apenas me di cuenta de que a pesar de lo poco ortodoxa en efecto es una. Una historia de amor. 

“Sabes que en un mundo perfecto, tú serías mi esposa”. 

Fue solo una oración lo que hizo falta para que mi pecho diera un tirón, porque muy dentro de mí, y en contra de todo lo que alguna vez dije que jamás pasaría, entendía que cada letra estaba llena de verdad. Sí lo sabía.

“Lo sé”. Fue lo único que pude responder. Ambos éramos conscientes que nuestro mundo era y es muy lejano a ser perfecto y que muy poca diferencia hace que un mismo cielo nos cobije, todo nos aleja. La distancia, el tiempo, la incertidumbre, las circunstancias, la vida. Sobretodo la vida, que a veces es cruel y te hace conocer a la persona correcta en el momento menos indicado. Inoportuno cliché. 

No fue excepcional la forma en que coincidimos. Un mundano chat para aprender y practicar idiomas. Yo, interesada en alguien que me ayudara con mi tarea de francés, quedé enganchada a esos ojos azules por alguna razón que hasta el sol de hoy desconozco. Como soy terca, juré que se trataba de un “catfish”, así que no hablé solo observé su perfil por un rato,  como buena fisgona del mundo cibernético… Hasta que me escribió, para mi desagradable sorpresa ese sitio te notifica quien anda rondando y cuantas veces te visitan (imaginarán el papelón cuando me enteré), un trágame tierra digno de la revista Tú (¿eso aún existe?). Una cosa llevó a la otra y ya estábamos en una videoconferencia. Era real pero a la vez no. Solo lo veía y lo escuchaba embelesada  en su maldito acento encantador. Recuerdo como las primeras videoconferencias eran desde su coche porque el Wi-Fi dentro de su apartamento era un asco para esas cosas, recuerdo como se quejaba del frío y cómo rápido me preguntó si sabía cocinar. Recuerdo como rió cuando le pregunté si el Ramen instantáneo contaba. Recuerdo y mientras más lo hago más feliz y triste me siento. Porque así han sido, son y serán las cosas entre los dos, agridulces. 

Ese chat no bastaba, debíamos estar más cerca así que me pidió el “WhatsApp” y yo como siempre, atrasada en eso de la tecnología le pregunté con vergüenza a qué se refería. Me explicó brevemente, no hizo falta que entrara en detalle cuando ya estábamos en interminables conversaciones por ahí. No había estado tan agradecida de contar con un teléfono inteligente como hasta ese entonces. Le sentía cerca, las cinco o seis horas de diferencia sin contar los kilómetros que nos apartaban se volvían en minucias (y eso sonó casi a la balada de Sin Bandera). Pensaba en Einstein y su teoría de la relatividad mientras reía sola al ver como a través de fotografías y vídeos me mostraba cada detalle de su rutina. Su bici para llegar a la universidad, esas calles bonitas de Le Havre (aunque él detestaba ese lugar y decía que era feo, puede y fuera porque no era oriundo de allí) y el  omelette que se preparaba para cenar. Me mostraba de su vida, su familia, su niñez. Todo era nuevo y fascinante para mí, viajaba por Francia a través de sus ojos. Imperceptible fue como empezamos a compartir tanto hasta el punto en que si no contábamos con noticias el uno del otro nos preocupábamos, nos extrañábamos. Nos acompañábamos a todas partes, inclusive en esas tardes de fines de semana dedicadas al estudio. Bendito era el “Skype” que me permitía echarle una ojeada y ver como se concentraba en los libros, él terminando la maestría, yo terminando el bachillerato. Era grato tenerle en mi pantalla de la portátil, tan grato que no notaba que esa simpleza me hacía inmensamente feliz. 

Todo iba bien, él me corregía la tarea yo intentaba convencerle de que me hablara en español y era realmente adorable. Nos inmiscuíamos cada vez más y más en la vida y pensamientos del otro, tanto que en ocasiones escribíamos lo mismo en sincronía nos decíamos un sin número de cosas, ya teníamos chistes y claves propias, nos dedicábamos demasiado. Era tan sarcástico o más que yo, no se ofendía fácilmente, teníamos en común ese humor que peca de muchas cosas y eso me ponía ridículamente contenta. Para los que estaban a mi alrededor provocaba un poco de miedo esa intensidad entre nosotros, a la cual yo era ajena. Para mí era “normal”. Estaba ciega, al final de cuentas era un hombre a quien nunca había visto en persona, sin embargo le daba de mí a manos llenas. El espectro de los sentimientos apareció y junto a él, mil y  un miedos. Yo me convencía que era algo meramente platónico, que tan solo era otro amigo más de los varios que he conocido en línea. Me lo repetía mucho con la esperanza de creérmelo. Pueden asegurar que eso no sirvió de mucho, en efecto no sirvió de nada. Así llegó San Valentín trayendo consigo un paquete a mi puerta, una copia de  Le Petit Prince.  Él no era hombre de literatura pero recuerdo como me comentó que ese era un libro al que le tenía mucho cariño, uno de sus favoritos. El libro estaba acompañado de una nota donde confesaba como amaría el poder estar conmigo. 

Ante eso no me quedó más remedio que admitir lo inevitable, yo también hubiese amado el poder estar con él. 

Ambos frenados por cuestiones evidentes, yo por el miedo más que nada, y porque francamente encontraba el estar enredada en una situación así patético al extremo, continuamos hablando. Pero luego todo se volvió doloroso, frustrante, inútil. Entre enojos de impotencia y dilemas entre razón y corazón nos apartamos mas siempre regresando a lo mismo, un mensaje. Eso bastaba para borrar la pena, era como si el tiempo no hubiese transcurrido, todas las piezas seguían ahí en su mismo lugar, todo seguía funcionando igual. Ambos seguíamos locos, consumados por un sentimiento de algo irrealizable, ambos ¿idealizándonos? Quizás. ¿Queriéndonos? Que no quepa la menor duda. 

El desespero de querer y no poder lo llevó a apartarme de su vida de agolpe, simplemente me dejó de hablar. Yo lo borré de todas las redes sociales habidas y por haber. Lo bloqueé de todo menos del “WhatsApp” porque como bien dice la canción “la esperanza dice ‘quieta, hoy quizás sí’”. Y es verdad. Me habló de nuevo, pero yo estaba enfadada así que harta solo pregunté: “¿Qué quieres de mí?”

“Tres hijos, una casa y un gato”.  Sonreí a sabiendas que era una petición imposible. Él me pedía y me ofrecía un destino. 

Esa última frase “ofrecer un destino” la escuché hoy en una telenovela, ni mandado a pedir, ¿verdad? Pero regresando al tema…

Ahora él está en Brasil viviendo su sueño, haciendo su vida. Lo último que me dijo es que está conociendo a alguien. Le pregunté si era feliz a lo que respondió: “feliz es una palabra muy grande”. 

Me dio tristeza, porque como bien solía repetir un extraordinario profesor de español que tuve, “el romántico enamorado es el mayor egoísta” y yo quiero que sea feliz. Con él aprendí que la felicidad del otro puede significar la propia aunque eso resulte en tener que renunciar a ser parte de ella. Lo que es agridulce, como han sido, son y serán las cosas entre los dos. 

Nos leemos en un tris,
Dori dori 




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