domingo, 28 de septiembre de 2014

Escuela de Derecho: ¿Pero qué coños?

¿Lo hago o no lo hago?... ¡Qué rayos! ¡Lo voy a hacer!  Un resumen de mi concienzudo proceso de meditación para concluir si debía o no escribir esta pequeña reflexión sobre mis primeras impresiones y todo (no todo, todo, porque ha sido demasiado) lo que he aprendido en apenas dos meses y un poquito más (o no sé porque de verdad que la noción del tiempo cuando se estudia Derecho es una visión un tanto dalística, me inventé esa palabra creo), como estudiante de primer año en una Escuela de Derecho.

Pero no crean que esta entrada tratará sobre la ley y el orden y como esto rige nuestras vidas y blah, blah, blah… Vamos, que los que me leen saben que yo no estoy para escribir aquí de cosas serias…*Guiño*… Sino más bien sobre algunos aspectos de la Escuela de Derecho, que me vuelven loca y que jamás imaginé que serían así. Para recobrar la sanidad voy a escupir, perdón, ventilar, ¡soy una dama después de todo! Ciertas cosillas que se dan en la Escuela de Derecho que solamente me hace preguntarme una y otra vez, ¿pero qué coños?  Así sin más.  ¿Pero. Qué. Coños? 

Así que si eres un o una estudiante de primer año de Derecho, o un o una estudiante de escuela graduada que también está atravesando por estos cambios y fenómenos fenomenales (¿notan el sarcasmo?), no pares de leer y siéntete aliviado(a), porque al final la miseria se pasa mejor en compañía. Cabe destacar que con esto no pretendo ofender a nadie, que hablo de casos generales y que cualquier parecido con la realidad puede ser pura coincidencia. ¡Por lo mismo relájense y empecemos!

Comienzo por lo obvio y diría que el choque de realidad más doloroso, la Escuela de Derecho es una secundaria o como nuestro “spanglish” nos permite decir una ¡“High School”, total! 

Dejaré salir un GRAAAAAAN suspiro con esto… Sí, lamentablemente eso es verdad. Y digo lamentablemente porque en mi caso particular, detesté la secundaria. Todo era drama, más cuando se es presidenta de clase, ugh. Esa etapa fue oscura y cuando me gradúe estaba más feliz que una lombriz, porque ya había culminado el tener que lidiar con los chismes de pasillo, los “cliques”, el “bullying” y toda esa mierda patética. Era tiempo de seguir adelante, ir por el bachillerato y sentir esa anhelada, ¡LIBERTAD! ¡Porque en el bachillerato todo es diferente y para bien! Sencillamente a la gente le importa un rábano lo que hagas o dejes de hacer con tu vida, ves caras nuevas todos los días, caminas todo ese hermoso campus enorme de arriba abajo, y lo más importante, ¡tienes tiempo para almorzar! Y con almorzar me refiero a más que solo tragar los alimentos mientras ruegas no ahogarte en el proceso, tienes tiempo de quedar con amigos en algún sitio para comer algo diferente, hacer tertulia, respirar aire fresco… Solo recordar eso, bueno, me entran ganas de llorar.

Pero en Derecho, TODO deja de ser de esa manera para volver a ser como antes. Como en la secundaria. *Música de tensión*

Eso se me hace tan duro de comprender a pesar de que ya ha transcurrido algo de tiempo desde que asisto, a veces no me queda más que mirar a mi alrededor en completo asombro y decir: Guao. 

Los chismes, el dime con quién andas y te diré cómo eres, lo que vistes y hasta el auto que manejas cobra una importancia vital en la Escuela de Derecho (y eso, que en mi caso soy estudiante de la Escuela de Derecho más barata, monetariamente hablando). Es triste pero cierto. Todos los estereotipos con los que nos topábamos en la secundaria reaparecen aquí, el bueno, el malo y el feo. Hasta tenemos casilleros y todo por aquello de sentirnos más en ambiente, ¿saben? 

En parte el que esto suceda se lo atribuyo al viejo refrán de “pueblo chico, infierno grande”. Somos un grupo de personas bastante reducido en comparación a las clases de bachillerato, encerrados en un mismo edificio, no tan amplio, viendo las mismas caras prácticamente todo el tiempo, mi teoría es que tal vez la falta de espacio afecta así… O puede y  yo quiera creer eso para no llegar a la deducción de que los estudiantes de Derecho al final somos (y me incluyo porque quiera o no soy una estudiante de Derecho) unos verdaderos CAPULLOS.  

Y digo capullos porque suena más gracioso que cabrones, (¿ya no puedo usar esa palabra, por el rollo de la “reputación”?) pero elijan la que mejor les apetezca. ¡Que estamos en un país libre! ¿No? Pero que humor tan cruel me cargo a veces, ¡já!

Retomando la última idea, creo que como estudiantes de Derecho le debemos bajar un poco (más que un poco, de acuerdo, le debemos bajar MUCHO) a la actitud, “mírenme-ámenme-admírenme-estudio-derecho-y-soy-la-súper-hostia”. A menos que tu misión en la vida sea batir el récord de la persona más antipática del mundo. En ese caso, vas por buen camino. ¡Éxito!

Humildad. ¡Ay pero que cualidad tan bonita esa! Pena que la subestimemos tanto a veces y más cuando somos estudiantes de Derecho. Admitir que no lo sabemos todo, que estamos aprendiendo y metiendo la pata no nos hace menos, señores. Sí y te lo digo a ti, que dices y preguntas cosas rebuscadas con pobre grandilocuencia para impresionar. ¡No nos engañas! Pero no pasa nada, todos intentamos sobrevivir. Ahora bien, que estemos en la “mejor escuela del país”, tampoco nos da  carte blanche  a ir por la vida mirando al de al lado como menos, a negar un saludo, a olvidarnos de que el mundo no gira alrededor de nosotros y a mandar la empatía de vacaciones. Todos estamos bajo mucho trabajo, todos tenemos nuestras situaciones personales, todos combatimos nuestros demonios, entonces… ¿Por qué ser tan mala-leche los unos con los otros? 

Ya creo poder escuchar a algunos: ¡Por la competencia! La vida es una selva y solo el más fuerte sobrevive… Felicidades, te has vuelto un gastado y feo cliché. Lo siento, pero eso no es suficiente para justificar lo imbécil. Y te lo digo porque te quiero. ¿Vale? Aparte que me asusta pensar, que los futuros abogados y abogadas, jueces y juezas, gobernadores, gobernadoras, presidentes y presidentas (una puede soñar, ¿ok?), diplomáticos y diplomáticas, Judge Judy y Dra. Ana María Polo de mi país, sigan perpetuando esa visión inescrupulosa y realmente detestable que se tiene sobre los que estudian y ejercen el Derecho.

Como diría uno de los grandes, “es tiempo de cambiar”. Sí, cito a Juanes. 

Por lo mismo, que tal si nos bajamos de esa nube y ponemos, como diría otro de los grandes, “los pies sobre la tierra aunque pise barro y mierda”. Sí, cito a Coti. 

¡Aprendan de nuestros cantautores latinoamericanos! 

En fin, la humildad no le hace mal a nadie, al contrario te engrandece el espíritu. Sé que pedir una Escuela de Derecho color de rosa, con unicornios y galletas de arcoíris es irreal (a menos que te guste eso del LSD, espero que no, por favor), pero pedir una escuela más llevadera no es taaaaan quimérico, ¿verdad? 

¡Cantemos juntos! “Es tiempo de cambiar en la mente de todos el odio por amor”…

Ya voy a detenerme, que no estamos en un maldito campamento hippie. 

Nos leemos en un tris,
Dori dori
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